Dice Donald Trump que los deportistas se tienen que ceñir al deporte y no meterse en política. Lo que no entiende el presidente de Estados Unidos y los que como él desdeñan a los atletas que toman posiciones públicas contra el racismo o la discriminación, es que las protestas transcienden posturas partidarias: defienden una posición de derechos humanos. Alzar la voz contra aquellos que aplauden la sumisión de unos grupos de personas a otros, que defienden ideologías totalitarias no es llevar la política al deporte, es elegir la única salida cívica. Muchos aún no lo entienden. El Borussia Dortmund lo tiene claro.

No era fácil hacerlo, pero el líder de la Bundesliga se ha atrevido. El equipo amarillo ha proclamado que “el fútbol y los nazis no encajan”. No era fácil hacerlo en el mismo día en el que la ultraderecha se ha convertido en la tercera fuerza política de su país. Alternativa por Alemania, un partido xenófobo, obtuvo casi el 13% de los sufragios emitidos en las elecciones legislativas germanas y ocupará 94 escaños en el Bundestag. Se convertirá en el más incómodo compañero parlamentario que la canciller Angela Merkel, ganadora por cuarta vez al frente de la Unión Cristianodemócrata, jamás haya tenido.

Pero justo en ese día que ha dejado a los alemanes meditabundos, el Dortmund publicó esta campaña en la que un grupo de nazis acaba ridículamente derrotado por el propio fútbol.

El gesto del club de Westfalia abunda en las valientes declaraciones del seleccionador alemán, Joachim Löw, quien hace tres semanas cargaba contra los cánticos nazis proferidos por parte de los espectadores de un encuentro de la Mannschaft en Praga.

Es este uno de los contados casos en los que el deporte, referente cotidiano para tantas y tantas personas, se sitúa en vanguardia de la sociedad y marca el camino a seguir frente al ascenso de ideas que abogan por la exclusión y son el síntoma de una Europa convulsionada que se reencuentra con fantasmas de un pasado no tan lejano.

Mientras abunden los casos en los que el deporte siga amparando la violencia y la xenofobia, todo lo que no sea hablar tan claramente como lo está haciendo el fútbol alemán resulta apenas un parche y nunca una cura.

Habría que explicarlo de forma que hasta Trump lo entienda: no es la política, estúpido, es la decencia.