Al escándalo de corrupción que está sacudiendo el baloncesto universitario estadounidense en las últimas horas, le faltaba un gran nombre que permitiese al público en general comprender la verdadera dimensión del lío. Ese nombre ya está en todas las portadas y es más importante de lo que se podía pensar: Rick Pitino.

Seamos honestos: a Pitino no hay más que verlo. En sus arrugas se advierte la dureza del crío neoyorquino hecho a sí mismo que no desentonaría en una escena de El Padrino II: el cuello tenso, la mirada penetrante y el pelo negro brillante siempre peinado hacia atrás; los trajes, a poder ser oscuros de raya diplomática, y con corbata. El aspecto profesional de un tipo que se toma las cosas muy en serio, de uno al que no conviene decirle que no cuando ordena esas defensas asfixiantes a toda cancha en las que agotaba la juventud de sus discípulos y sobre las que edificó su carrera.

El legendario entrenador acaba de ser despedido por la Universidad de Louisville, la misma a la que hizo campeona de la NCAA en 2013, tal y como ya lo había logrado con Kentucky en 1996, siendo el único técnico capaz de imponerse en la locura de marzo con dos equipos diferentes. La institución académica no se fía de la limpieza de Pitino y, como poco, lo hace responsable de no supervisar que en su vestuario no se reprodujesen las prácticas investigadas: una rueda de sobornos en la que se lucraban coaches, agentes, jugadores y marcas deportivas, a base de un sistema de pay-to-play (pagar para jugar).

Los Cardinals no prescinden de cualquiera, sino del número 12 en la clasificación histórica de técnicos con más victorias en la División I, de uno que suma 770 en esos más de 30 años de carrera que incluyeron dos experiencias NBA, en New York Knicks y Boston Celtics. Lo que hacen es jubilar a la fuerza a un miembro del Salón de la Fama del Baloncesto (ingresó en 2013) que pretendía, a sus 65 años, seguir engordando un currículo extensísimo. También en escándalos.

En 2009 reveló que había sido extorsionado por la esposa de un miembro de su universidad con la que tuvo relaciones sexuales “durante no más de 15 segundos”, afirmó. Si conocemos ese dato nos puede hacer más gracia que el periodista de la ESPN Bob Ley pidiese una opinión de 15 segundos sobre el despido de Pitino a un colaborador.

Tan solo tres meses atrás tanto el entrenador como su programa de baloncesto fueron sancionados tras conocerse que miembros del staff de Louisville proporcionaban los servicios de prostitutas a jugadores del equipo y otros a los que querían reclutar. En esa ocasión, al igual que en otras investigaciones sobre la limpieza de sus procedimientos, Pitino siempre escurría el bulto.

Hizo lo propio esta semana al saberse que la investigación del FBI señalaba a los Cardinals en el centro de la trama que ofrecía dinero a jóvenes talentos adolescentes para que eligiesen jugar para Pitino. “Estas acusaciones son una completa sorpresa para mí”, se defendía el coach, atribuyendo la trama a “planes de terceros, iniciados por unos pocos malos actores”.

A la espera de sanciones, la universidad ha decidido limpiar su programa de baloncesto desde la raíz. Algunos de los jugadores que habían contactado para esta temporada han huído espantados y la NCAA baraja incluso desposeer a Louisville de su campeonato de 2013. A Rick Pitino, salvo sorpresa, le espera un adiós anticipado y forzoso a las canchas de baloncesto. Ninguna universidad lo volverá a contratar y cuesta pensar que alguien le quiera dar una tercer oportunidad en la NBA. Eso sí, su contrato se extendía hasta 2026 y le tiene que reportar aún unos 45 millones de dólares. Por si no quedó claro, Pitino está acostumbrado a ganar.

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