En plena polémica en la NFL por las protestas de los jugadores ante las desigualdades raciales que el presidente de los Estados Unidos ha convertido en un problema de racismo, la inminente puesta en libertad de O. J. Simpson puede ser un potencial elemento inflamable. El ex running back, tan bueno que está en el Hall of Fame de la liga a pesar de que todo el mundo cree que fue culpable de matar a su mujer y a un tipo que pasaba por allí. O.J. es una figura cultural de la era moderna como Elvis, Nixon y unos pocos más. Y ahora que quedará libre, nadie lo quiere como vecino en su patio trasero.

O. J. Simpson está en el tramo final de su condena por robo a mano armada de objetos con su imagen de un casino de Las Vegas. The Juice, como se le conocía en su época de jugador, dijo que esos objetos eran suyos, que habían sido robados. En realidad, es muy posible que Simpson los sustrajese para venderlos después en el mercado de los fetichistas de los deportes, porque, a pesar de quedar libre por el asesinato de su esposa y de ese vecino que pasó en el momento equivocado por el lugar menos idóneo, un jurado sí condenó a O. J. a pagar 33 millones de dólares en indemnización a las víctimas. Y eso, entre los costes de los abogados y demás decisiones de la vida, le dejaron seco.

El caso es que O.J Simson lleva casi 10 años en la cárcel y va a salir de ella con doble miedo en la sociedad estadounidense. Por un lado, que reaparezca el encantador O.J., el mismo que tenía a la prensa comiendo de su mano en el momento en que su vida se fue al garete, el que hacía anuncios de las marcas más diversas, en definitiva, el chico negro pobre que se hizo un triunfador en el deporte y se convirtió hasta en estrella de cine:

Algunos temen que O.J. Simpson se convierta en una estrella de TMZ hablando de cualquier cosa que le pregunten, y sobre todo, de la polémica racial que sacude la NFl actualmente, él que hizo una cuestión de discriminación la investigación sobre su supuesto crimen. Otro temor: ¿Dónde vivirá O. J. Simpson? Es imposible que, tras los acontecimientos del 94, persecución policial incluida retransmitida para todo el país, vuelva a Los Ángeles. En Nevada tampoco le quieren tras el robo y su tumultuosa etapa carcelaria. Y en su estado natal, Florida, las autoridades ya han dejado clara su postura: “Somos perfectamente conscientes del historial de Simpson, de su desconsideración hacia las vidas de los demás, de su chulería respecto a los odiosos actos por los que fue encontrado civilmente responsable. Nuestro estado no debería ser un club social para este tipo de gente”, escribió en una durísima carta la fiscal general de Florida, Pam Bondi.

Pronto sabremos qué le depara el destino a O. J. Simpson en su nueva etapa vital. Mientras, nosotros no podemos evitar culparle por un daño colateral difícilmente reparable: la fascinación por la fama que, a raíz de su caso, vivieron las Kardashian en el final de su infancia (su padre fue abogado y amigo personal de Simpson) y que, con toda probabilidad, las impulsó a querer vivir en ese mundo de ilusión y fantasía.