Tal vez no quede cariño entre Kyrie Irving y LeBron James, pero al menos queda memoria muscular. Después del agitado verano en el que el base pidió su salida y acabó en el máximo rival de Cleveland por el título de la Conferencia Este; después de la frialdad con la que Irving demandó el traspaso; y después del estudiado paternalismo de James hacia el que creía su discípulo; después de todo eso sorprende más que el abrazo protocolario entre las dos estrellas al final del partido que abría la temporada NBA viniese precedido por una extravagante coreografía de apretones de manos. Es más, un Kyrie fastidiado por la derrota de sus Celtics y la lesión de Gordon Hayward, tuvo que repetir el complejo ritual con cada uno de sus excompañeros en los Cavs.

Los de los apretones de manos en el deporte se nos está yendo (redundancia obligada) de las manos. Los psicólogos deportivos defenderán que es una forma de estrechar vínculos entre jugadores de un mismo equipo. Pero cada vez con más frecuencia la intimidad entre colegas está siendo sustituida por la versión que Michael Bay imaginaría de un simple gimme five: con efectos especiales, contorsiones imposibles y pirotecnia varia para crear un maremágnum incapaz de ser absorbido por nuestras retinas. Hemos llegado a un punto de barroquismo en el que un sencillo «¡choca esos cinco!» puede denotar frialdad y distanciamiento.

La moda del saludo complicado hasta la extenuación no es exclusiva de la NBA. Algunos futbolistas que se comportan según los cánones de las estrellas del rap, caso del francés Paul Pogba, han trasladado ese tipo de celebraciones al terreno de juego y al vestuario. Al finalizar el partido entre Francia y País de Gales (2-0 para los galos), el lesionado centrocampista del Manchester United se pasó a a saludar a sus amigos de la selección y los agasajó con una colección de apretones personalizados.

En el caso de algunos deportistas, la cosa alcanza cotas de complicación y despliegue de movimientos que emparenta el ademán con la gimnasia rítmica, la natación sincronizada o el baile de salón. Russell Westbrook acostumbraba a saludar a su compañero en los Thunder Cameron Payne con una coreografía que empequeñecería el primer acto de un musical de Broadway. Y cuando alguien lo interrumpía, no le sentaba nada bien.

Hasta el momento, el presidente de Estados Unidos no ha alzado la voz contra este gesto, como sí lo ha hecho contra otros que se producen en los escenarios deportivos cargados de significado político. Sí sabemos que a Donald Trump prefiere un saludo clásico y formal, un apretón de manos con todas las letras. Con todas las letras de la palabra e-s-t-r-u-j-a-r.

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