Detroit tocó fondo en 2013. La principal ciudad del estado de Michigan se declaró en bancarrota, la mayor quiebra municipal en la historia de los Estados Unidos de América. Otrora un símbolo de la economía más pujante del mundo, el epicentro de la industria automovilística del país -lo que le valió el sobrenombre de Motor City-, acumuló una deuda de 15.000 millones de euros. Era verano. Cinco meses después, en invierno, el tejado hinchable del Pontiac Silverdome, un estadio con capacidad para 82.000 espectadores a las afueras de la metrópolis, se hundió. Fue el colofón a una decadencia de décadas. Este domingo comienza la demolición de la megaestructura.

Otrora un símbolo de la pujanza de la región, hacía ya años que el Silverdome, así llamado por su característico tejado hinchable de plástico reforzado con vidrio, era una reliquia abandonada. Los ecos de los aficionados que vieron jugar allí desde 1975 a los Detroit Lions y desde 1978 a los Pistons de baloncesto se habían apagado hace mucho. El equipo de la NFL dejó el que era el recinto más grande de la liga por Ford Field en 2001. Mucho antes se fue el conjunto de la NBA, un golpe duro para la instalación: al poco tiempo aquellos Detroit Pistons, ya ubicados en el Palace de Auburn Hills, se transformaron en los Bad Boys y ganaron dos títulos. Hoy, ya en un nuevo pabellón, intentan reverdecer viejos laureles. Aquel estadio demasiado grande para el baloncesto también albergó el All-Star de 1979.

El Silverdome conserva un lugar en la historia del fútbol: Estados Unidos y Suiza empataron a un gol en el partido inaugural del Mundial de 1994. Fue el primer encuentro de los mundiales jugado a cubierto, una experiencia nada agradable para los participantes, que acabarían criticando el ambiente sofocante provocado por la enorme humedad del clima y la cubierta que dificultaba la ventilación. Milan y Panathinaikos jugaron allí un encuentro amistoso en 2010, cuando ya escaseaban los actos con los que llenar el recinto.

Durante años los mejores clientes del estadio fueron los Testigos de Jehová que alquilaban el recinto para organizar convenciones multitudinarias. También lo utilizó el Papa Juan Pablo II y, para poner el contrapunto a tanta efusión religiosa, allí incitaron al pecado artistas como Elvis Presley, Led Zeppelin, Michael Jackson o Pink Floyd. Aunque se dice que nunca nadie, ni papas ni estrellas del rock, llevaron tanta gente al Silverdome como la lucha libre: el Wrestlemania III de 1987 congregó a más de 93.000 fieles del teatro y los súplex. La última actividad deportiva que albergó la cúpula de plata fue una exhibición del ciclista BMX Tyler Fernengel en 2015.

Hoy en día el Pontiac Silverdome es un escenario apocalíptico cuyo aparcamiento almacena miles de vehículos de Wolkswagen. Pero Detroit se recupera paulatinamente de los números rojos y quiere atraer inversión: se dice que a Ikea no le viene mal ese enorme emplazamiento para erigir una de sus naves de venta de muebles. Los materiales aprovechables fueron subastados hace tres años y ahora solo resta que las palas excavadoras y los explosivos desintegren una catedral del deporte. La ciudad quiere mirar al futuro y para eso primero tiene que demoler su pasado.

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