La cosa no podía acabar bien. Al saber que el portero Gianluigi Donnarumma, de la mano de su representante Mino Raiola, podría estar forzando una vez más su salida del Milan, era fácil suponer que la Curva Sud de San Siro no se iba a tomar bien la segunda traición en medio año. Así se lo hicieron saber al joven guardameta con una pancarta que lo hizo romper a llorar en el vestuario, teniendo que ser consolado por Bonucci: “¿Violencia moral, 6 millones anuales y la firma de un hermano parásito? Ahora vete, ¡nuestra paciencia ha terminado!”

Detengámonos un momento y pensemos en ese supuesto “parásito”. ¿De quién se trata?

Antonio Donnarumma, de 27 años (nueve más que su hermano), es portero suplente en el Milan. Tras una trayectoria modesta en Serie B y como suplente en Serie A con el Genoa, por fin se afianzó como portero titular en el Asteras Tripolis de Grecia. Cuando el pequeño Gigi renovó su contrato con los rossoneri este último verano, puso como condición que el club fichase a Antonio. Desde entonces, el mayor de los Donnarumma permanece inédito y solo ha acaparado la atención como daño colateral de las iras de los tifosi.

Antonio no es un caso único. En el fútbol actual abundan los hermanos futbolistas: estrellas mundiales como Luis Suárez, Gonzalo Higuaín, Wayne Rooney, Paul Pogba o Toni Kross, entre otros, tienen hermanos que juegan como profesionales con trayectorias mucho más discretas que las de sus famosos familiares. Lo que no sucede tanto es la coincidencia fraternal en un mismo equipo. Es es esos casos cuando suele producirse el nepotismo que tanto enerva a los hinchas.

Cuando despuntaron en el Ajax de Ámsterdam de los años 90, Ronald de Boer comenzó a llevar la fama. Pronto se vio que su hermano gemelo Frank era quien cardaba la lana. Cuando Louis Van Gaal lo quiso fichar para el Barcelona se cuenta que Frank exigió la contratación de su hermano. A Ronald lo toleraron en el Camp Nou durante 33 partidos. Al otro holandés, el auténtico objeto de deseo, lo aplaudieron durante 143 encuentros.

Por aquellos años en Galicia también descubrieron lo que significa tener que fichar dos aunque solo se quiera a uno. En los años 90 el Celta de Vigo contrató a los hermanos Goran y Zoran Djorovic. Como solo le interesaba el primero, pronto se deshizo del segundo. Goran llegó a fichar por el Deportivo de La Coruña, donde solo disputó once partidos. Allí llegó solo, porque el Dépor ya contaba con otro hermano añadido. Mauro acompañó a su hermano Lionel Scaloni en su viaje desde Argentina con pretensiones de ser también futbolista como él. Estuvo a sueldo del filial blanquiazul sin que nadie supiese por qué, porque jugar, no jugaba (sí se sabia: tenía ficha porque así lo demandaba su hermano).

Las sospechas de nepotismo se disipan en otros casos de jugadores más que competentes. Fabio Cannavaro fue Balón de Oro tras alzar la Copa del Mundo con Italia. Su hermano Paolo es un veteranazo del calcio que sigue dando guerra en el Sassuolo. Ambos coincidieron en el Parma. Otros hermanos dedicados a la defensa fueron los Neville, Phil y Gary, laterales en el Manchester United. Ya con una larga trayectoria a sus espaldas, Kolo y Yaya Touré vistieron juntos la otra camiseta mancuniana, la celeste del Manchester City. Por un breve tiempo, Mikel y Xabi Alonso o Thiago y Rafinha Alcántara soñaron con perpetuar en el primer equipo de Real Sociedad y Barcelona, respectivamente, sus sueños de canteranos.

Lo que tiene que ser duro es ser hermano del mejor futbolista del planeta. Hugo Maradona fichó por el Nápoles en 1987, durante el reinado de su hermano Diego Armando. No jugó un solo encuentro. Leo Messi también tiene hermanos, pero no parecen interesados en el fútbol, por desgracia para él.

La mayor preocupación de Leo Messi es su hermano Matías

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