Michael Essien apura sus últimas carreras en un campo de fútbol de Indonesia, en el Persib Bandung. A sus 36 años, tras dejarse su espectacular físico en el Chelsea, Real Madrid y Milan, castigado por las lesiones, está dispuesto a planificar un retiro dorado, quizás en su Ghana natal. En su país, es un ídolo. Le tienen tanto cariño que surgen homenajes espontáneos en forma incluso de estatua. El problema es que son malos tiempos para las buenas intenciones, algo de lo que las redes sociales no entienden. Y el modesto intento de hacerle un cariño a Essien se ha convertido en un gran éxito… por las razones equivocadas.

La creación está levantada en Kumasi, en Boadi Road. Parece ser que la estatua a Essien ya lleva unos años en la zona, pero ha sido dada a conocer ahora, supuestamente por el ojo de un extranjero que sabe que Twitter y Facebook están ávidos de estas cosas. Pero es peor aún, quien la dio a conocer es un periodista ghanés llamado Saddick Adams. “Es un regalo”, dice, no se sabe si irónicamente o no.

Essien llevó el nombre de Ghana por el mundo con su gran carrera en el fútbol europeo, y ayudó a su selección a los mayores logros de su historia: su primer Mundial en el 2006, y la final de la Copa de África en el 2010. Por eso, no se merecía semejante esperpento de estatua. De aspecto robótico, de gemelos gigantescos, postura antinatural, balón ridículamente pequeño… No hay por donde coger la pieza de arte que no lleva firma conocida.

La estatua de Essien abunda en la era dorada de las esculturas, bustos y demás homenajes artísticos a deportistas con desastrosos resultados. Que si el busto de Cristiano Ronaldo, que si la escultura de Maradona, la incomprensible estatua de Michael Jackson en el estadio del Fulham… Essien no llegó a la altura deportiva o de fama de los anteriores, pero su estatua puede competir con cualquiera.