No tiene que ser fácil para una academia de artes cinematográficas abrir la mano al mundo del deporte profesional, con el que rivaliza para ofrecer grandes historias, espectáculo y asombro. Aunque existan creadores audiovisuales como el youtuber Casey Neistat defendiendo que la realización de filmes se ha convertido en un deporte, por ahora es más habitual el camino inverso: que el deporte genere relatos merecedores de una película. Será especialmente evidente en la 90 edición de los Oscar, los más populares premios del cine que se entregarán el 4 de marzo en Los Ángeles, donde hoy se han dado a conocer los trabajos nominados. En esa ciudad reinó cual estrella de Hollywood Kobe Bryant, mito de los Lakers dispuesto ahora a sumar una estatuilla dorada a sus cinco anillos de campeón de la NBA. Dear basketball (Querido baloncesto), el poema con el que certificó su retirada como profesional, opta al Oscar a mejor cortometraje de animación. Las palabras de Kobe se transformaron en dibujos animados de Glen Keane, un dibujante de Disney, y música de John Williams, autor también de, quizás no por casualidad, la banda sonora de Superman.

El recuerdo que ha perdurado del Kobe Bryant jugador de baloncesto es el de un competidor enfermizo, capaz de acuñar una filosofía tan hortera como la Mamba Mentality. Aunque llegó a amedrentar a compañeros de vestuario y rivales en su afán de ganar, que se sepa jamás partió las piernas de nadie. Sí lo hizo Tonya Harding, patinadora artística y villana en una de las más infames historias del deporte olímpico.

Consumida por su rivalidad con otra patinadora estadounidense, Nancy Kerrigan, Harding tramó un ataque para lesionar la rodilla de su rival y que no pudiese competir en los Juegos Olímpicos de Invierno de Lillehammer 1994. La delirante historia se relata en la película Yo, Tonya. La obra con formato de falso documental y cargada de humor negro que dirige Craig Gillespie se estrenará en los cines españoles el 23 de febrero. Margot Robbie, en el papel de Tonya, opta al Oscar a mejor actriz, y Allison Janney, interpretando a su manipuladora madre, al de mejor actriz de reparto.

Y otro documental, no falso, sino tan verdadero que causó un verdadero escándalo internacional, completará la representación del mundo del deporte en la gran gala del cine mundial. Icarus, de Bryan Fogel y Dan Cogan, nació como una pequeña investigación y acabó desencadenando una de las mayores crisis olímpicas de los últimos años. Fogel, ciclista amateur, quiso probar con él mismo de protagonista cómo se podían saltar las medidas antidopaje en cualquier prueba. Quería hacerlo del mismo modo que lo hizo Lance Armstrong durante años, con tanta cara dura que hoy hasta se ríe de ello en películas cómicas. Intentando evidenciar cómo era posible engañar un test, el director del film contactó con el doctor Grigory Rodchenkov, el mismo que había supervisado los controles de los atletas rusos para los Juegos Olímpicos de Invierno Sochi 2014.

Rodchenkov le acabaría revelando cómo, en lugar de intentar detectar el dopaje, lo que hacía, por órdenes del gobierno de Vladimir Putin, era ayudar a los deportistas a no dar positivo por el consumo de sustancias prohibidas. La trama de dopaje de estado sigue produciendo aún hoy decenas de atletas rusos suspendidos por el Comité Olímpico Internacional. Y en medio de todo aquello estaba Fogel con una cámara sin dar crédito de lo que había conseguido grabar. Él mismo y el productor Dan Cogan debieron ayudar después al doctor, marcado por el gobierno de Rusia, a refugiarse en Estados Unidos. Una historia de película y, gracias a la nominación, quizás una historia de Oscar.

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