Como si se hubiese creído muy fuerte un póster de Mr. Wonderful, Elizabeth Swaney decidió que la realidad no debía estropearle sus sueños. Esta estadounidense de 33 años quería ser deportista olímpica, algo que tú y yo tal vez hemos imaginado en alguna ocasión. Pero a diferencia de nosotros, Liz tenía algo. Tenía un método. El producto de su esfuerzo lo pudieron comprobar, entre gestos de desconcierto, los espectadores de la prueba de halfpipe freestyle sobre esquís en los Juegos Olímpicos de Pyeongchang 2018.

La esquiadora con el número 23 y bandera de Hungría salió a la pista, remontó el tubo y, en el momento de ejecutar la primera acrobacia, apenas dio un saltito de unos centímetros y giró la dirección. “Habrá acometido mal el primer impulso”, pensó algún incauto. Acto seguido, llegó a la segunda oportunidad de salto y repitió la escena. Y así, hasta llegar al final, Swaney se dio un relajado y zigzagueante paseo por la nieve, a ritmo de tortuga y con el mismo riesgo que asumiría un dominguero tras dos clases de esquí. Para añadirle un poco de picante, entró de espaldas en meta, haciendo ver que algo de estilo sí había en su exhibición. Después cumplió el ritual de saludar a cámara y recogió los bastones, sabiendo que no iba a haber medalla para ella, pero sí al menos un lugar en la historia del olimpismo

A diferencia de otras historias de competidores nefastos pero con relatos emotivos, como el nadador Éric Moussambani, Swaney era perfectamente consciente de lo que hacía. Esta licenciada en Harvard, que según cuenta Deadspin intentó a los 19 años disputarle el gobierno del Estado de California a Arnold Schwarzenegger, planificó perfectamente su momento de gloria. Se fijó como meta llegar a los Juegos Olímpicos de Invierno pese a que solo había aprendido a esquiar a los 25 años. Primero lo intentó compitiendo con Venezuela en pruebas de skeleton. La clave era presentarse por un país y por un deporte en el que hubiese pocos practicantes. Fracasó. Después encontró el freestyle y señaló en el mapa Hungría. Poca competencia, ni siquiera una federación de su disciplina. Perfecto. Ahora solo necesitaba nacionalizarse y terminar en el top 30 mundial. 

Elizabeth pidió dinero en internet a través de un crowfunding para conseguir viajar a pruebas de la Copa del Mundo. Apenas recaudó nada. En cualquier caso, tenía suficientes ahorros para poner en práctica su pantomima allí donde pagaba la cuota de inscripción. En doce torneos disputados en cuatro años, descendió el tubo sin hacer un solo salto mientras el resto de participantes desafiaban a la gravedad con giros completos a cuatro metros de altura sobre el suelo. Alguna siempre terminaba accidentada y eliminada. No Elizabeth, que así, poco a poco, fue sumando los puntos necesarios para mantenerse en el escalafón mundial. Además, rehuía las pruebas en las que competían las mejores para favorecer sus posibilidades de lograr más puntos. 

Esa perseverancia tuvo recompensa: un ridículo espantoso en el mayor escenario del deporte global que, de tan audaz, ha conseguido el efecto contrario. Se ha convertido en una figura mundial y la gente admira su perseverancia e inteligencia para aprovecharse del sistema olímpico y poder perpetrar su ya mítico descenso por el halfpipe. Imposible no flipar más con su descaro que con cualquier 360º de sus rivales jugándose la crisma. 

Por si hacía falta aclararlo, la estadounidense-venezolana-húngara Elizabeth Swaney terminó en última posición la prueba. Evidentemente. Bueno, o no tanto. Porque Liz tenía más que decir: “No me clasifiqué para la final, así que estoy realmente decepcionada”, declaró a Boston.com. “Aún quiero inspirar a gente para que se involucre en el deporte o en un nuevo desafío a cualquier edad en la vida”, añadió. Porque Liz tiene más cara que espalda y o es la máxima encarnación del espíritu olímpico o es todo lo contrario, y por eso cuesta no admirarla. 

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