“Piensa en uno de los golpes más icónicos de todos los tiempos, el chip de Tiger Woods en el hoyo 16 de Augusta en 2005: le llevó dos minutos y medio jugar ese golpe. Imagina que un árbitro hubiese salido, haciéndose el importante y mostrándole una tarjeta amarilla en mitad de su rutina previa. Eso no es realista”. El golfista británico Laurie Canter reflexionaba así para la CNN acerca de uno de los grandes cambios que penden sobre el futuro de su deporte: acelerar el juego para hacerlo más disfrutable para los espectadores
 
El golf es un deporte asentado en largas y honradas tradiciones. Estos días vive uno de los momentos más importantes del año, con la celebración del Masters de Augusta, un acontecimiento que siempre puede atraer a nuevos aficionados, gente que enciende la televisión para descubrir en qué consiste eso que tiene a tantas personas interesadas. El retorno de Tiger Woods, la mayor estrella de la disciplina, tras tres años de ausencia dispara las audiencias. Los gerifaltes del juego piensan que esos telespectadores, así como el público que accede al club para seguir el recorrido de las figuras, merecen que el juego vaya al grano, que no se entretenga en la parafernalia de jugadores que en ocasiones, de tan maniáticos como son con la preparación de cada golpe, recuerdan a un pícher de béisbol. 
 
Para atajar esa cansina demora de todo golfista que consiste en consultas con el caddie y otear la caída del golpe agachándose varias veces desde distintos ángulos, amén de varios ensayos del swing, se piensa en un cronómetro. En uno bien grande colgado de un buggy que siga a los jugadores por el campo, advirtiéndoles de que tienen 50 segundos y no una eternidad para decidir y ejecutar su golpeo. La experiencia pionera se realizará en el circuito europeo, en el Masters de Austria que se celebra entre el 7 y el 10 de junio. Veinte árbitros se ocuparán de gestionar la puesta en marcha del cronómetro y de atender a los jugadores que soliciten una prórroga. Solo podrán emplear esa medida de gracia dos veces por vuelta al circuito. 
Se trata de evitar situaciones exasperantes como la protagonizada por Kevin Na en el Genesis Open del pasado febrero. El coreano examinó durante minuto y medio un golpe que consistía simplemente en empujar la bola dentro del hoyo situado solo a un palmo, con una posibilidad de fallo mínima. Su meticulosidad fue objeto de mofa en las redes sociales, aunque Na se defendió diciendo que aquel golpe era muy importante, porque le suponía un premio de 300.000 dólares y no lo podía tomar a la ligera. 

¿Pero hasta qué punto se puede intentar restringir a base de cronómetro el juego de un golfista? El propio Laurie Canter señalaba una paradoja: “¿Cómo vas a introducir una política que hace a los jugadores más lentos jugar más rápido sin penalizar a los jugadores más rápidos que ocasionalmente se demoran en un tiro porque es particularmente desafiante?”. 
 
La realidad es que las rondas de más de cinco horas en algunos torneos se hacen muy cansadas de seguir. Tampoco se puede medir con exactitud la ventaja que obtiene, incluso psicológica, el jugador que se retrasa durante minutos para hacer un golpe mientras su rival espera. Pero sí se sospecha que es injusto no restringir a todos a un tiempo máximo que no exceda lo razonable, de un modo parecido al del tenis con los warnings cuando un tenista retrasa un saque en demasía. 
 
En Europa dos advertencias a un golfista en la misma vuelta se traducen en un golpe de penalización en la tarjeta, amén de una multa de 3.000 euros cuando acumula dos sanciones. En Estados Unidos aún no se es tan estricto con las demoras, algo que agradeció Sergio García cuando firmó este jueves el peor hoyo de todos los tiempos en el Masters, con 13 golpes en el 15, un par cinco. Pero ahora, gracias a la vuelta de Tiger hay mucho espectador nuevo delante de la pantalla y no se le puede aburrir. Así que el golf piensa en cómo darse prisa. 

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