Imaginamos que Mariano Rajoy, presidente de España, pagaría todo su dinero, incluso ese que atribuye una contabilidad oculta a un tal “M. Rajoy”, por poder marcar un gol en el Estadio Santiago Bernabéu vestido con la camiseta del Real Madrid. Donald Trump, el mandamás estadounidense, vendería su alma a Satán (si no lo ha hecho ya) con tal de formar en un equipo de la NFL y poder quedarse de pie mientras suena el himno del país y los jugadores afroamericanos se arrodillan. Theresa May, la premier británica, sueña con total certeza con chutar una patada a palos en un estadio de Wembley donde no se siente un solo inmigrante. Y a Vladimir Putin le gustaría marcar anotar goles con su stick en las narices de antiguas estrellas de la NHL. Ocurre que, a diferencia de sus homólogos, si al presidente ruso le apetece algo, lo hace. 

Con la camiseta número 11 (dos veces el número 1, que es exactamente la categoría que Vladimir se atribuye a sí mismo), el dirigente de la superpotencia goleó de nuevo en un partido de hockey sobre hielo de exhibición que la televisión estatal retransmite a todos los confines de la Federación Rusa. Esta tradición anual junta a un equipo de Leyendas del Hockey en el que militan mitos de las cuchillas y el stick como Slava Fetisov y Pavel Bure y mitos de la vida como Vladimir Vladimirovich, que a sus 65 años es el presidente más longevo que a conocido el mastodóntico país desde la caída de la Unión Soviética. 

Putin, que se nos presenta como lo más parecido a un superhéroe de carne y hueso, que fue un disciplinado practicante de judo en su juventud, que luce al aire su amplio y tonificado torso cuando la ocasión es propicia, que salvó la vida a un equipo de televisión abatiendo a un tigre siberiano, y que acumula muchas otras proezas, anotó cinco goles para darle la victoria por 12-7 a su equipo. En su magnanimidad, acumuló menos la pastilla que en los dos años anteriores, cuando había perforado la red en ocho y siete ocasiones. 

Si no fuese porque, pese a su veteranía patina con la gracilidad con la que un cisne nada en un estanque, podríamos pensar que nadie se atreve a defender al presidente, no digamos ya a cargar contra él. En realidad creemos que los desarbola a todos con su pericia sobre el hielo. Ante la avalancha goleadora de Putin nada pudo hacer el equipo rival, compuesto por jugadores aficionados, un gobernador y un multimillonario afín al partido en el gobierno, los más fieros oponentes que se podrían concebir. 

Así es Vladímir, que no puede parar de molar. Deslumbra en el hockey tanto como lo hizo esta semana al asumir su cuarto mandato presidencial de seis años. Llegó al acto oficial en una limusina valorada en 165 millones de euros. Si alguien puede viajar sentado sobre el producto interior bruto de un pequeño país, ese es él, la figura del equipo ruso de Leyendas del Hockey.